jueves, enero 12, 2006

DVD-RW

El último bombillo que funcionaba en el apartamento dejó de alumbrar. La resistencia del foco se quemó repentinamente, como lo hacen todos los bombillos que dejan de servir. Pero cuando ese bombillo murió se despidió con un pequeño chasquido y una fractura en el vidrio que guardaba celosamente su magia Edisoniana.

Estábamos en la alcoba y la puerta estaba trancada, mas la obscuridad no era total. Hay una ventana en la habitación, que permite la entrada de una considerable cantidad de luz, emanada por una gigantesca valla de Gel Rolda que cubre la tercera parte del edificio de enfrente.

No me senté en la cama porque ya era muy tarde para dormir de todas formas. A las cuatro y pico de la madrugada lo mejor es mantenerse despierto. Tampoco tenía sentido encender velas, o tal vez no se me ocurrió. Decidí salir del dormitorio y dejar que el otro ser descansara.

Entre la penumbre de la noche americana logré conseguir el juego de llaves, y a tientas abrí la puerta, guiándome por el haz de luz de la rendija inferior. El pasillo, lógicamente, estaba aderezado de neón blanco. Me senté en las escaleras de emergencia, saqué mi encendedor y uno de los tres últimos cigarrillos que me quedaban.

"No Fumar" dice un letrero, realmente lo simboliza un ícono. No veo detectores de humo y dudo que los tenga un edificio de más de cuarenta años. As;i que lo enciendo, este cigarrillo me sabe amargo, y la garganta me pide: "No Fumar". Cuando tienes a un fauno desagrándose, moribundo en tu cuarto, es difícil decidir qué hacer.

Yo no lo atropellé. Él se atravesó. Además no pensé que los faunos existieran.